viernes, 25 de marzo de 2011

10 Poemas de Jicaras Tristes de Alfredo Espino


CANTEMOS LO NUESTRO

¡Qué encanto el de la vida, silos natales vientos en sus ligeras alas traen ecos perdidos de músicas de arroyos y música de nidos, como mansos preludios de blandos instrumentos!
¡Qué encanto el de la vida, si al amor del bohío,
y entre un intenso aroma de lirios y albahacas,
miramos los corrales donde mugen las vacas
y oímos las estrofas del murmurante río!..
El terruño es la fuente de las inspiraciones:
¡A qué buscar la dicha por suelos extranjeros,
si tenemos diciembres cuajados de luceros,
si tenemos octubres preñados de ilusiones!
No del Pagano Monte la musa inspiradora
desciende a las estancias de pálidos poetas:
en nuestra musa autóctona que habita en las glorietas
de púrpura y de nácar, donde muere la aurora.
Es nuestra indiana musa que, desde su cabaña,
desciende coronada de plumas de quetzales
a inspirarnos sencillos y tiernos madrigales,
olorosos a selva y a flores de montaña.
Vamos, pues, a soñar bajo tibios aleros
de naranjos en flor.., cabe los manantiales
octubre nos regala sus rosas y vesperales;
diciembre las miríadas de todos sus luceros.

ASCENSION

¡Dos alas!... ¡Quién tuviera dos alas para el vuelo!...
Esta tarde, en la cumbre, casi las he tenido.
¡Desde aquí veo el mar, tan azul, tan dormido,
que si no hiera un mar, bien sería otro cielo!...
Cumbres, divinas cumbres, excelsos miradores...
¡Qué pequeños los hombres! No llegan los rumores
de allá abajo, del cieno; ni el grito horripilante
con que aúlla el deseo, ni el clamor desbordante
de las malas pasiones... Lo rastrero no sube:
esta cumbre es el reino del pájaro y la nube...
Aquí he visto una cosa muy más dulce y extraña, como es la de haber visto llorando una montaña... el agua brota lenta, y en su remanso brilla la luz; un ternerito viene, y luego se arrodilla al borde del estanque, y al doblar la testuz, por beber agua limpia, bebe agua y bebe luz …
Y luego se oye un ruido por lomas y floresta,
como si una tormenta rodara por la cuesta:
animales que vienen con una fiebre extraña
a beberse las lágrimas que llora la montaña.

Va llegando la noche. Ya no se mira el mar.
Y qué asco y qué tristeza comenzar a bajar...
(¡Quién tuviera dos alas, dos alas para un vuelo!
Esta tarde, en la cumbre, casi las he tenido,
con el loco deseo de haberlas extendido
sobre aquel mar dormido que parecía un cielo! )
Un río entre verdores se pierde a mis espaldas,
como un hilo de plata que enhebrara esmeraldas...

VIENTOS DE OTUBRE

(A la luz del fogón)
¡Quizás ya no venga! ¿No s’hia dado cuenta
de que están soplando los vientos de octubre
y que el barrilete vuela, y ya no cubre
como antes al cerro, nube de tormenta?
Hoy s’iajusta el año y él me dijo: “Anita,
entre algunos días regreso por vos”;
pero no lo quiso quizá tata Dios
¿Verdá, madrecita?
Cuando veyo el rancho de paja, el ranchito
q’él estaba haciendo pegado a la güerta, y veyo tan sola y cerrada la puerta

y yeno de montes aquel caminito,
siento que me muerde, aquí dentro, un dolor,
y que l’alegría también se me ha ido,
y me siento agora, lo mesmo que un nido
que no tiene pájaros, ni tiene calor...
Naide me lo ha dicho, pero es la verdá.
En la madrugada tuve un mal agüero:
se estaba apagando, mamita, el lucero
detrás de aquel cerro que se mira allá,
y asina s’iapaga también lo que quiero...
No tengo ni ganas de mirar p’ajuera.
¿Qué l’hiace que vengan, que vengan los vientos
si a mis sufrimientos
nada güeno traen de lo que quisiera?
Ciérreme la puerta. Siento que me cubre
un frío las manos, Dios sabe qué tienen...
¿Qué no s’hia fijado lo tristes que vienen
agora los vientos,
los vientos de otubre?

ESTA ERA UN ALA

Siempre remuneraba mi visita
con el oro de un cuento encantador;
la candidez vivía en la ancianita
como el agua del cielo en una flor...
Adoraba los niños y lo azul;
siempre andaba vestida de candor,
y olía a albahaca y alcanfor
la ropa que guardaba en el baúl...
Qué tempraneras ella y las palomas:
a causa de que el patio se cubría
de flores, casi siempre amanecía
bajo los árboles, barriendo aromas...
Y en la noche, a la luz del lampadario,
rezaba con tan honda devoción,
que la luna asomándose al balcón,
la hallaba con el alma en el breviario.
Una noche de tantas... ¡ay! mi amiga
ya no volvió a asomarse al corredor.
“Está mala”, dijeron: “un dolor,
un cansancio, un silencio, una fatiga”...
Llegó el doctor, se puso a recetar
murmurando en voz baja: “está muy mala”...
Y supe el cuento triste: esta era un ala,
cansada de volar...
¿Y se fue? Como todo; cuatro cirios
llenaban el cuadrito de tristeza.
¡Cómo se confundía con los lirios
aquel santo blancor de su cabeza!

BALSA DE FLORES

Aquel caserío tenía un modo
de ser, especial:
el aire más fresco, más límpido, y todo,
¡todo era un paisaje pintado en cristal!
Por lo suave y dulce, por lo plañidera,
la voz de las aves casi era un suspiro...
Y era azul la sierra, la sierra lejana, cual si uno la viera
detrás de un zafiro...
Para la tristeza de aquellos senderos
tenían las flores perfumadas frases;
y en los tamarindos, con los clarineros,
gemían zenzontles, lloraban torcaces...
Los ranchos de tejas por el sol doradas,
agrestes surgían entre el rumoroso verdor de las cañas,
y los limoneros dábanle sus sombras aterciopeladas
al balcón abierto frente a las montañas.
Y tú eras la esquiva, morena poblana;
y yo era el viajero lleno de ilusión;
y cuando asomabas ¡qué linda se hacía la alegre mañana
como si brotaran rosas del balcón!...

Y balsa de flores fueron tus amores,
morena, poblana, miel de los cañales...
Y mi amor fue el agua que lloró raudales
para que flotara la balsa de flores...

UN RANCHO Y UN LUCERO

Un día —primero Dios!—
has de quererme un poquito.
Yo levantaré el ranchito
en que vivamos los dos.
¿Qué más pedir? Con tu amor,
mi rancho, un árbol, un perro,
y enfrente el cielo y el cerro
y el cafetalito en flor...
Y entre aroma de saúcos,
un zenzontle que cantara
y una poza que copiara
pajaritos y bejucos.
Lo que los pobres queremos,
lo que los pobres amamos,
eso que tanto adoramos
porque es lo que no tenemos...
Con sólo eso, vida mía;
con sólo eso:
con mi verso, con tu beso,
lo demás nos sobraría...
Porque no hay nada mejor
que un monte, un rancho, un lucero,
cuando se tiene un “te quiero”
y huele a sendas en flor...

EL NIDO

Es porque un pajarito de la montaña ha hecho,
en el hueco de un árbol su nido matinal,
que el árbol amanece con música en el pecho,
como que si tuviera corazón musical...
Si el dulce pajarito por entre el hueco asoma,
para beber rocío, para beber aroma,
el árbol de la sierra me da la sensación
de que se le ha salido, cantando, el corazón...

LOS OJOS DE LA CRIOLLA

Unas veces es clara, y otras veces trigueña
cual la tierra quemada por el fuego del sol. . ..
La criolla que en los labios lleva un tenue arrebol
y en los ojos oscuros lleva un alma que sueña...
Cuando lloran las cuerdas de una triste guitarra,
se le tiñen los ojos de un color de ilusión
y del cálido pecho se le va el corazón,
cuando lloran las cuerdas de una triste guitarra...
En las pálidas horas de las noches de luna,
bajo el toldo discreto del amate sombrío,
le reflejan los ojos cual las ondas de un río
en las pálidas horas de las noches de luna. . .
Cuando va los domingos a la iglesia cercana,
con sus ojos oscuros de color de aceituna,
los piropos la siguen y el amor la importuna,
cuando va los domingos a la iglesia cercana...
Cuando lloran las cuerdas de una dulce guitarra,
en las pálidas horas de las noches de luna,
se entristecen sus ojos de color de aceituna,
cuando lloran las cuerdas de una dulce guitarra.

AIRES POBLANOS

Yo no sé qué gracias sugestionadoras
tienen estos pueblos de casitas blancas,
llenos de arboledas, llenos de barrancas
y muchachas frescas y madrugadoras.
Quietos pueblecitos, donde la campana
de la vieja iglesia canta de alegría
cuando tras las cumbres de la serranía,
llena de rubores ríe la mañana...
Yo no sé qué gracias llenas de candores
tienen estos pueblos plácidos y quietos
donde las abuelas duermen a sus nietos
dentro las hamacas de los corredores...
Dulces pueblecitos donde las cigarras
cantan en los claros días abrileños,
mientras a la lumbre de amorosos leños,
ritman sus tonadas trémulas guitarras.
Plácidos rincones donde la existencia
corre mansamente, como un agua pura;
donde hasta los vientos, plenos de frescura,
llevan en sus alas notas de inocencia...
Yo no sé qué encantos sugestionadores
tienen estos pueblos, blandos como un nido
donde el dulce olvido, donde el dulce olvido,
pone un manto rosa sobre los dolores...

EL SALTO
Escena regional; urente sol de estío;
una grácil parásita cuelga su escalinata
de alas de mariposa, pájaros de escarlata,
en la florida torre del conacaste umbrío.
Tal es el escenario por el que corre el río;
el río que arboledas, cielo y frondas retrata
y que fulgura, a veces, como un listón de plata
que estuviera bordado con perlas de rocío...
Y el río va cantando con un cantar que encanta:
mas al llegar al borde del abismo, no canta,
sino que imita el sordo clamor de la tormenta.
Y en su cristal, entonces, tiemblan diademas de oro,
y al despeñar —gritando—— su vértigo sonoro,
un huracán de espumas a sus plantas revienta.

PLOMBAGINA

Claroscuro, ¡canta el río!
¿Cómo viene tan jugando?
¡Y las hojas con rocío
son ojos verdes llorando!
¡Qué de músicas celestes
se escuchan en estos lares;
murmurios de platanares
y de palomas agrestes!
Entre las monteses galas
cada cosa es una lira:
¡la tórtola que suspira
es un madrigal con alas




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